Escribir es un arte. Es algo que todos tenemos y todos podemos hacer, nos sintamos capacitados o no; es algo que se siente. De pronto no sabes qué pasa pero tu mano es libre, se siente libre y única y es capaz de sacar todo lo que ni tú mismo sabes que está dentro de ti porque puedes pensar que lo que ves plasmado en la hoja son cosas que has aprendido o escuchado en alguna parte pero no. Por más que lo hayas hecho, escribir es un acto privado, es cosa de uno. El chiste está en saber acomodar las palabras que tienes en la mente para expresar ideas claras, concretas. Hoy escribo porque quiero hacerlo, porque me nace. He sido muchas cosas en mi vida: modelo de video musical, de foto fija, hippie, mesera, relacionista pública, mercadóloga, comunicóloga, fotógrafa, creativa, vendedora, productora, estudiante, esposa, amante, amiga… cualquier cantidad de cosas intentando encontrar mi verdadera personalidad o mi quehacer en la vida y en todas esas etapas lo único que ha subsistido es esto: escribir. Esto es lo único que me ha mantenido con vida en cada uno de los tropiezos y en cada una de las alegrías que he vivido. La pluma ha sido siempre mi mejor compañera, la única que no me juzga, que no me presiona y que está ahí, silenciosa, quieta, esperando que la tome y entonces sí poder empezar el juego que nos hace cómplices de una y mil historias.
Hoy simplemente escribo para rendirle un homenaje. Con esto de la tecnología y ahora que compré un juguetito que me tiene muy entusiasmada, la he dejado un poco de lado, así que esto simplemente es una forma de agradecerle que siga a mi lado, que esté en mis sueños y en mi mesa de noche… quieta, sigilosa, esperando que me despierte de pronto y la tome para aterrizar alguna idea o loco sueño. Gracias.





