Gdl-Mex. Viernes 20 de febrero. AM229. 17:00 hrs.
Llego a México a ver a mi novio, dos días antes de brincar el charco por primera vez. Salgo del aeropuerto, tomo un taxi, de esos que te cobran una verdadera lana por llevarte a donde quieras y encima de todo, te preguntan invariablemente ¿por dónde me voy?... ¡yo qué voy a saber por dónde se va! ¿Qué no ve que vengo de viaje, que no vivo por aquí? Pero bueno, hay que fingir que uno sabe y decirle con toda la seguridad del mundo: tome el Viaducto por favor para llegar a la Colonia del Valle.
El trayecto como me lo imaginaba: lento, porque obvio, es viernes y de quincena. No entiendo por qué justo los viernes y en quincena toda la gente quiere estar atorada en el tráfico. Seguro es un mal de las grandes ciudades que no termino de entender.
Finalmente llego a la oficina de mi chico, que ya estaba esperándome. Toco el timbre y aparece un vigilante que me dice que no conoce a nadie llamado Rogelio y que seguro me equivoqué de dirección… si aquí la traigo apuntada señor, ¿no ve que es la misma? Casa amarilla además, ¿alguna otra referencia? Pero bueno, se le perdona sólo porque tengo más ganas de abrazar a mi novio que de pelear con usted.
Por fin sale el susodicho por la puerta donde estaba el vigilante y se saludan de nuevo como si se vieran diario, si por supuesto ¡se ven diario!, pero se conocen de apodo. Con razón no conoce a nadie que se llame Rogelio.
Bueno, me ve, me abraza y me siento segura y feliz aunque sigo parada en plena calle, de noche, con una maleta enorme en la espalda y en viernes de quincena en el DF. Vamos a cenar-comer a unas hamburguesitas cerca de la oficina en donde en un letrero dice claramente: “Disculpe las molestias, estamos mejorando el servicio”. El servicio son sólo 3 niños de aproximadamente 16 años atendiendo un negocio de hamburguesas, sacándose los mocos y platicando (vaya que necesitan mejorar el servicio). Yo normalmente soy una persona que exige un buen servicio por el que está dispuesta a pagar y dejar propina y cuando no es así puedo llegar a molestarme en serio pero afortunadamente ese día en especial venía lo suficientemente cansada del viaje como para pelear y me encontraba lo suficientemente feliz como para no darle mayor importancia a esa situación.
Finalmente llego al micrositio de mi novio. Así le llama porque es un estudio pequeño que tiene lo necesario para ser un lugar encantador, con bastante ondita y muy a su estilo.
El siguiente día fue de lo más lindo, extrañamente lluvioso, así que no pudimos ir a ninguna parte excepto a un restaurant argentino muy rico y el resto del día lo pasamos en el micrositio platicando y escuchando música.
A las 11 de la noche fuimos nuevamente al aeropuerto a recoger a Moel que llegaba de Guadalajara. Nos quedamos hasta las 4 am para registrarnos en lista de espera y poder viajar tranquilamente al día siguiente: domingo 22 de febrero a las 2 de la tarde. Nos registramos y tomamos un taxi rumbo a casa de mi mamá para dormir hasta a las 9 de la mañana que nos levantamos a desayunar, bañarnos y regresar al aeropuerto nuevamente y ahora sí de forma definitiva.
Yo tenía un poco de miedo porque en este tipo de vuelos en lista de espera puede suceder cualquier cosa pero afortunadamente no pasó nada. Nos subimos tranquilamente al avión y nos fuimos juntas todo el vuelo.
A pesar de que me decían que me iba a costar trabajo dormir, tengo que admitir que para eso de cerrar los ojos y clavar el pico, soy experta, como viejita nada más siento movimiento y me arrullo, así que recuerdo únicamente 3 horas de las 11 que duró el vuelo.