viernes, 27 de marzo de 2009

EN EL MUSEO DEL JAMON

Nos bajamos de la camioneta y caminamos desde La Puerta de Alcalá hasta una de las tantas sucursales del Museo del Jamón, ubicada en la calle de Alcalá. Pedimos el primero de muchos bocadillos de jamón serrano que comimos en el Viejo Continente y dos cañitas.
Quisimos tomar una mesa pero nos levantamos en cuanto nos dijo un mesero que sólo por sentarnos nos cobraría 4 euros, así que nos regresamos a la barra y nos dispusimos a comer nuestros bocadillos paradas, hasta que dos españoles nos cedieron sus bancos.
Terminamos nuestros bocadillos y para no llegar tan tarde a casa, tomamos el metro y llegamos un par de minutos después de que la red de buses de Arganda del Rey terminara sus rutas, así que tuvimos que caminar por pendientes empinadas y, lo que al llegar me parecía hermoso, después de un rato fue terrible porque es lindo ver una ciudad con todas sus casas iguales, mismos tonos, se ve lindo y uniforme el entorno pero sin conocer puede convertirse en un verdadero infierno encontrar una casa, sobre todo sin dirección.

LLEGANDO A MADRID

Descansamos un rato en su casa, conocimos a David, su marido y a su otro hijo Sergio y más tarde nos llevó hasta La Puerta de Alcalá para tomar un café por ahí y poder ponernos al día después de tantos años pero por la hora y sus bebés, no pudo quedarse, así que Mónica y yo cambiamos el café por unas cañas (cerveza en vaso).

TRAYECTO BARCELONA-MADRID

Tomamos el Ave en la estación de Sants a las 12:00 del día y tras pasar por Pirineus, Calatayud y otros dos pueblitos (que por la complejidad del catalán no recuerdo), llegamos a la estación Puerta de Atocha a las 15:23. Salimos a la rotonda a encontrarnos con Ana y en el camino nos topamos con dos personas mayores muy amables: una señora que nos llevó de la estación a la calle por la puerta indicada: sin escaleras y rápido (las maletas pueden llegar a cansar demasiado). Y en la calle un señor se nos acercó a contarnos un chiste típico de españoles:

“-¿Saben cómo se llama está estación?
-De Atocha.
-No, es la del huevo porque aquí llega el Ave”.

Por fin nos encontramos con Ana y tras casi 20 años sin vernos, nos reconocimos de inmediato. Llegó con su hijo Diego, un niño hermoso de 4 años. Nos llevó a su casa en Arganda del Rey, un sitio a las afueras de Madrid, en donde puedes vivir en una casa con jardín, tranquila y alejada del bullicio y el smog que básicamente es el mal de todas las grandes ciudades.

PRIMERA PARADA: BARCELONA

Llegamos a Barcelona el lunes 23 de febrero a las 9 de la mañana. El pase por aduana estuvo muy tranquilo: 2-3 preguntas de rutina y bienvenidas a Europa. Salimos a asearnos un poco porque Mónica quedó de verse con su amigo Joe en el aeropuerto para entregarle unas botellas de chile habanero para su papá que a pesar de ser español, parece que sabe disfrutar de una buena enchilada y pues, tras 11 horas de vuelo y varios años sin verse, Mónica quería estar lo más linda posible.

Joe nos dio ride a la estación del Renfe para tomar el Ave que nos llevaría a Madrid, en donde Ana mi amiga ya estaría esperándonos para iniciar el paseo. Compramos el billete y nos tomamos un café en lo que llegaba la hora de partir. Ahí Joe me dio mi primera lección de euros que básicamente es igual al peso mexicano: 10 céntimos equivalen a 10 centavos y tanto allá como acá son las monedas más inútiles de la vida.

INICIO DEL VIAJE

Gdl-Mex. Viernes 20 de febrero. AM229. 17:00 hrs.

Llego a México a ver a mi novio, dos días antes de brincar el charco por primera vez. Salgo del aeropuerto, tomo un taxi, de esos que te cobran una verdadera lana por llevarte a donde quieras y encima de todo, te preguntan invariablemente ¿por dónde me voy?... ¡yo qué voy a saber por dónde se va! ¿Qué no ve que vengo de viaje, que no vivo por aquí? Pero bueno, hay que fingir que uno sabe y decirle con toda la seguridad del mundo: tome el Viaducto por favor para llegar a la Colonia del Valle.
El trayecto como me lo imaginaba: lento, porque obvio, es viernes y de quincena. No entiendo por qué justo los viernes y en quincena toda la gente quiere estar atorada en el tráfico. Seguro es un mal de las grandes ciudades que no termino de entender.

Finalmente llego a la oficina de mi chico, que ya estaba esperándome. Toco el timbre y aparece un vigilante que me dice que no conoce a nadie llamado Rogelio y que seguro me equivoqué de dirección… si aquí la traigo apuntada señor, ¿no ve que es la misma? Casa amarilla además, ¿alguna otra referencia? Pero bueno, se le perdona sólo porque tengo más ganas de abrazar a mi novio que de pelear con usted.
Por fin sale el susodicho por la puerta donde estaba el vigilante y se saludan de nuevo como si se vieran diario, si por supuesto ¡se ven diario!, pero se conocen de apodo. Con razón no conoce a nadie que se llame Rogelio.

Bueno, me ve, me abraza y me siento segura y feliz aunque sigo parada en plena calle, de noche, con una maleta enorme en la espalda y en viernes de quincena en el DF. Vamos a cenar-comer a unas hamburguesitas cerca de la oficina en donde en un letrero dice claramente: “Disculpe las molestias, estamos mejorando el servicio”. El servicio son sólo 3 niños de aproximadamente 16 años atendiendo un negocio de hamburguesas, sacándose los mocos y platicando (vaya que necesitan mejorar el servicio). Yo normalmente soy una persona que exige un buen servicio por el que está dispuesta a pagar y dejar propina y cuando no es así puedo llegar a molestarme en serio pero afortunadamente ese día en especial venía lo suficientemente cansada del viaje como para pelear y me encontraba lo suficientemente feliz como para no darle mayor importancia a esa situación.

Finalmente llego al micrositio de mi novio. Así le llama porque es un estudio pequeño que tiene lo necesario para ser un lugar encantador, con bastante ondita y muy a su estilo.
El siguiente día fue de lo más lindo, extrañamente lluvioso, así que no pudimos ir a ninguna parte excepto a un restaurant argentino muy rico y el resto del día lo pasamos en el micrositio platicando y escuchando música.
A las 11 de la noche fuimos nuevamente al aeropuerto a recoger a Moel que llegaba de Guadalajara. Nos quedamos hasta las 4 am para registrarnos en lista de espera y poder viajar tranquilamente al día siguiente: domingo 22 de febrero a las 2 de la tarde. Nos registramos y tomamos un taxi rumbo a casa de mi mamá para dormir hasta a las 9 de la mañana que nos levantamos a desayunar, bañarnos y regresar al aeropuerto nuevamente y ahora sí de forma definitiva.

Yo tenía un poco de miedo porque en este tipo de vuelos en lista de espera puede suceder cualquier cosa pero afortunadamente no pasó nada. Nos subimos tranquilamente al avión y nos fuimos juntas todo el vuelo.
A pesar de que me decían que me iba a costar trabajo dormir, tengo que admitir que para eso de cerrar los ojos y clavar el pico, soy experta, como viejita nada más siento movimiento y me arrullo, así que recuerdo únicamente 3 horas de las 11 que duró el vuelo.