Llegamos a Roma y tomamos el tren al centro y de verdad, eso de viajar literal de mochilazo deja de ser divertido cuando traes en la espalda una maleta de 10 kilos que no puedes aventar en cualquier esquina y luego sin conocer la ciudad ni saber a dónde dirigirnos, la carga se hace más pesada a cada paso pero finalmente llegamos a un hotelito pequeño pero lindo, cerca de Santa María Maggiore. Pagamos 35 euros por una noche y salimos a cenar nuestra primera pizza y pasta realmente italianas y debo admitir que sí tienen un toque especial y distinto… no sé si realmente es el sabor o el saber que estás en la tierra de una de las mejores cocinas del mundo, el idioma, la gente, no lo sé pero de que tiene un toque especial ¡lo tiene!
Al día siguiente (jueves 26 de febrero) sacamos las maletas y nos mudamos al hostal Roma Inn en Vía Urbana en donde extrañamente ninguno de los que atendía hablaba italiano. Estaba cerca del Coliseo y Jeff y sus chavos nos inspiraron confianza, así que decidimos quedarnos, además de que estaba muy barato.
Jeff es un tipo irlandés que vive de fiesta y es de lo más pacífico y feliz.
Dejamos nuestras cosas y salimos literalmente a caminar: Coliseo, ruinas, monumentos, Basílica de San Pedro… Roma es una ciudad en la que se respira historia, tiene una atmósfera súper especial y encantadora. En donde estés parado, hay cientos de miles de años bajo tus pies que tu mente no alcanza a comprender y te sientes la persona más insignificante del mundo. Es una sensación muy difícil de explicar pero es algo que definitivamente tienes que vivir porque de alguna extraña forma, entiendes todo lo que sucedió en donde estás, puedes respirarlo, revivirlo y sentirte parte de todo ese ambiente.
Nuestra última parada esa noche fue la Fontana de Trevi y otra vez nos recetamos una pizzita y vinito tinto cerca de la Piazza Venezzia y a dormir temprano porque el tren a Florencia partía a las 8:30 am.


No hay comentarios:
Publicar un comentario