Los tropiezos nos convierten en personas más fuertes. No lo entendemos hasta que tenemos que aprender de aquello que nos hizo daño, hasta que volvemos a toparnos con la herida que no ha sanado porque nos encanta martirizarnos y quitarle la costra cuantas veces se siga abriendo, pero la realidad es que con cada tropiezo subimos un escalón que nos guía hacia nuestra propia realización, hacia nuestra idea racional de saber lo que somos, lo que queremos y lo que necesitamos.
Por eso es válido equivocarse cuantas veces sean necesarias. Yo lo he hecho y hasta hoy entendí que es válido sentirse orgulloso de haberse equivocado.


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